En el realismo la destreza del artista para representar la figura humana, los objetos, y todos los elementos de su obra, se convierten en un valor medular de la expresión, que reconoce la realidad como la fuente absoluta de todo cuanto se quiere decir. Una corriente que dominaría la pintura al óleo desde 1830 y hasta principios del siglo XX, pero que con sus matices y variaciones ha permanecido como fuente de inspiración de muchos creadores actuales.
Más que un movimiento, o una corriente pictórica, el realismo se ha convertido en una especie de tendencia entre quienes consideran al juego de la luz como un valor esencial de las artes visuales, capaz de sintetizar la interpretación de lo que se ve, como una manera de expresión válida de profunda belleza.
Cercana a la fotografía, este nuevo paisajismo de la pintura al óleo que incluye el uso de poderosas herramientas como los ordenadores, nuevos recursos gráficos para tintes y soportes, le han dado a la pintura realista de ciudades otras dimensiones, que recrean esas vistas cautivadoras, donde la luz y las sombras, los contrastes y el color irreverente son signos distintivos de obras que fascinan por su elaborada sencillez.
En este paisajismo realista de hoy en día la forma se enriquece con los colores y las líneas del paisaje urbano, donde lo geométrico predomina y la luz se convierte en la pincelada que determina el volumen, todo en un juego de construcciones espaciales que le permiten al artista expresar su muy personal visión del mundo.